“Todo investigar y todo aprender
no son más que recordar”.
Sócrates
La función de la Filosofía como una actitud inquieta, hecha de preguntas radicales y en búsqueda constante de la verdad, encuentra en Sócrates un claro ejemplo. Sus principios lo llevaron incluso a la muerte.
Vivió en la época de mayor esplendor ateniense, en el siglo V a.C., en el siglo de Pericles, entre el 470 y el 399 a.C. Artesano de vida humilde, Sócrates era hijo de un escultor y de una partera.
Si hasta poco tiempo antes de Sócrates puede hablarse de un período cosmológico, pues predominaban cuestiones que tenían que ver con el origen y la estructura del cosmos -como vimos entre los presocráticos- la conformación de una polis pujante de varios miles de personas que dejaban las actividades pastoriles y militares, fue llevando naturalmente a preocupaciones que tenían que ver con cuestiones políticas, sociales y morales. La Filosofía giró preponderantemente hacia una reflexión antropológica que se inicia no sólo con Sócrates sino también con algunos pensadores menores, enfrentados al pensar de éste, llamados sofistas. Así, decía Ciceron en sus Cuestiones Tusculanas que Sócrates " había hecho descender la filosofía del cielo a la tierra".
La creciente participación de los ciudadanos en el gobierno (la democracia griega era restringida y directa) hizo necesario para los recién llegados, una formación superficial para lograr eficacia. Es un período que podemos llamar de “ilustración”. Políticamente, la democracia ateniense se encontraba en pleno desarrollo. Estos hombres requerían una cultura general, una suerte de educación compilada y predigerida, que junto a las utilísimas retórica y oratoria, les permitieran persuadir elegantemente. Había que adiestrarse en la lucha por la riqueza y el poder. El arte de hablar correctamente en público y de convencer a través de la palabra fueron inculcados por un grupo heterogéneo que ofrecía sus enseñanzas a cambio de dinero pero garantizando el triunfo en los debates públicos. Los sofistas (nótese que hoy en día la palabra posee un sentido peyorativo) eran disertantes o “maestros de sabiduría” que iban de ciudad en ciudad (y en las que podían permanecer años) ofreciendo su valiosa mercadería : conocimientos útiles para la vida social. El afán de saber como búsqueda de la verdad, con el consiguiente compromiso por ella, les era ajeno. Nuestra imagen de ellos, fundamentalmente de procedencia socrática o platónica, es negativa. Hablan para engañar, escriben por afán de lucro y no aportan nada substancial al saber. Algunos como Protágoras o Gorgias alcanzaron particular renombre. Cuando el primero afirmaba: “el hombre es la medida de todas las cosas” o enseñaba a presentar como buenas las malas razones, era evidente que su relativismo subjetivista en torno a los valores o su tendencia escéptica sobre el valor del conocimiento terminarían por oponerse a alguien. De hecho, a pesar del auge ateniense (o tal vez por ello) las costumbres griegas, la religión, la moral, los tipos de vida vigente y los ideales de toda una civilización se encontraban en profunda crisis. El relativismo moral, el oportunismo social, los políticos corruptos, los artistas acomodados y las creencias esotéricas se iban apoderando de gran parte de Atenas. Valores como la sabiduría, la fortaleza, la templanza, la prudencia, el respeto, los valores tradicionales de base homérica fueron cayendo en el olvido.
Sócrates amaba Atenas y de hecho sólo había salido de su ciudad por razones militares. Era ejemplo de carencia de necesidades, dominio de sí mismo, tenacidad y seriedad moral. Descontento Sócrates con esta realidad que lo rodeaba, se opuso prácticamente solo al relativismo ético y gnoseológico que los sofistas inculcaban. Si se enseñaba que todo era relativo, que todo dependía del cristal con el que se miraran las cosas, por ejemplo a un joven que sería juez o político ¿qué podría ocurrir con la ciudad en pocos años ? Su principal preocupación fue el campo moral. Consideraba que no todo era relativo y que por el contrario existía algo firme e inamovible. Así, se preguntó, entre otras cosas, qué es la valentía, qué es la justicia, qué es la belleza

Por propia voluntad no dejó nada escrito : consideraba que lo escrito era letra muerta, solidificación de un determinado momento de su actividad intelectual, que permanentemente cambiaba. Si el escribir para sí carecía entonces de sentido, más aún para los demás, en tanto que se evitarían la tarea de pensar por sí mismos leyendo las reflexiones de otro hombre. Su voluntad de saber, su célebre buen humor, su capacidad crítica, su amor al saber y al formar espíritus libres, le hizo dejar todo lo demás en un segundo plano, tanto que se decía que su propia esposa, Jantipa, lo corría -según se dice anecdóticamente- por las calles recordándole que sus hijos debían comer. Con el tiempo tuvo discípulos, entre ellos por ejemplo, al propio Platón, a quien debemos la mayor parte de nuestra representación de la figura socrática. Convencido de su propia ignorancia y de que ésta es vicio y la sabiduría virtud, deseó fervientemente aprender críticamente todo lo que su razón le permitía. Su dialéctica o su conversación interrogadora que iba de un punto a otro buscando la verdad, tenía como meta una preocupación moral : la sabiduría, que es finalmente su propio premio, la excelencia a la que el hombre debía tender. Su reflexionar moral se basaba en el uso de la razón. La búsqueda de fundamentos de los valores es claramente opuesta a la simple tarea sofista de confundir la forma y el contenido de los discursos.
En una oportunidad, un conocido de Sócrates, Querefonte, se dirigió al célebre oráculo de Delfos para preguntar quién era el hombre más sabio de Atenas. El dios Apolo respondió lacónicamente: “Sócrates”. Enterado éste, quedó perplejo. ¿Cómo él iba a ser el hombre más sabio si no sabía nada y tenía conciencia justamente de su estado de ignorancia ? ¿El oráculo se había equivocado o mentido? Eso era terriblemente grave : un dios que se equivocara o mintiera no sería un dios. Y difícil sería seguir depositando fe en un dios imperfecto. Atormentado Sócrates intentó desentrañar el sentido del oráculo. Normalmente el oráculo era confuso, simbólico. Pero en esta oportunidad, su mensaje parecía claro. Por ello, Sócrates se propuso entender el mensaje de Apolo, estimando que debía hallar su clave. Debía interrogar -pensaba Sócrates- a sus conciudadanos, a los más reconocidos en sus respectivas habilidades, para ver si él realmente sabía más que ellos. Pero fatigando las calles, encontrándose con políticos, poetas, jueces, artesanos, militares y otros tenidos socialmente por sabios y de importante posición en la sociedad de su época, descubrió Sócrates que sabían poco o nada, que lo que respondían a sus interrogatorios era erróneo o incompleto.
Reflexionando, Sócrates llegó a la conclusión de que Apolo, efectivamente, había dado una respuesta en clave : él era el más sabio porque reconocía no saber mientras que los hombres, soberbios y petulantes, seguros de sí mismos e ignorando la frágil condición humana en el mundo, creían saberlo todo o casi todo. La sabiduría de Sócrates parecía ser esta suerte de ignorancia, el saber que no sabía, el tener conciencia de sus límites. “Me parece atenienses -decía en la Apología, escrita por su discípulo Platón- que Apolo es el verdadero sabio y eso es lo que ha querido señalar al nombrarme a mí como sabio, como todos ustedes saben ; creo que ha querido decir que más sabio es aquel que como Sócrates reconoce que nuestra sabiduría nada es”. Todos repiten lo que se supone que es verdadero pero nadie se interroga realmente, nadie se esfuerza por la verdad, piensan lo que se piensa, juzgan como se juzga, sin criterio. Como había dicho Jenófanes: “Ya poseo sesenta y siete años en tierras helenas, con veinte cuando llegué. ¿Y puedo decir acaso que sé algo?" (frag. DK 112)
Descubre Sócrates además que, dado el carácter divino del oráculo su vida estaba “tomada” por el dios, que tenía una tarea que cumplir o bien que era sabio para el dios mientras ejecutaba su tarea de desenmascaramiento de los conciudadanos. Era un instrumento del dios Apolo y no podía ahora obviar el hecho de que su dios le había contemplado y planteado su rol. Sócrates encara la tarea de interrogar a sus semejantes para mostrarles lo frágil de su saber, para hacerles ver que no saben en realidad lo que creen saber. Convencido de su misión persigue a sus interrogados por plazas y gimnasios, calles y casas, sin distinción de rangos para saber si llevaban una vida noble y justa sin transmitir doctrina cuando interrogaba.
Sócrates filosofaba conversando, a través del diálogo, a través de preguntas y respuestas. Interrogaba disimuladamente, con ingenuidad, “fingiendo ignorancia” (sentido griego de la palabra eironéia). Su método incluía dos partes : la refutación y la mayéutica.
La primera parte (refutación) es el momento negativo. Mediante hábiles preguntas irónicas muestra lo contradictorio y falso de lo que afirma el interrogado. Se produce una reducción al absurdo. Se concluye con el anonadamiento del interrogado (que se da cuenta de que cree saber cuando no sabe), produciéndose una catarsis (en griego, limpieza, purificación) y eliminación de supuestos. Las explicaciones se revelan incompletas, caprichosas, erróneas, débiles, sin fundamento y no pensadas realmente. Un ejemplo de esto podría ser el diálogo con su amigo el general Laques, su superior en la batalla de Delio. Preguntado este último sobre qué era la valentía, el general ensayó respuesta tras respuesta pero Sócrates hábilmente le hizo ver que sus afirmaciones no servían. Sócrates buscaba la definición precisa o esencia de ciertos conceptos fundamentales. Para ello, debe realizarse una tarea paciente y metódica de búsqueda de la verdad a través de la razón. La preocupación de Sócrates no se reduce a ser gnoseológica, sino también moral pues, como adelantamos anteriormente, el conocimiento es virtud y un bien.
El momento positivo, creador, es la mayéutica (en griego, arte de dar a luz). Así como su madre daba a luz hombres, pues era partera, Sócrates decía que también ayudaba a dar a luz, pero ideas. Y así como la partera ayuda a la parturienta, pero no ha tenido papel en la concepción, Sócrates no influía en el conocimiento que el interrogado lograba a través del diálogo, pues Sócrates no buscaba inculcar doctrina alguna. Las respuestas que se iban obteniendo, perfectibles, aparecían como un hallazgo personal y el maestro como un simple guía. No peligra la objetividad de los valores y del saber porque el verdadero conocimiento es objetivo y uno, a pesar de que sean muchos los hombres que lo busquen. Opiniones habrá muchas, pero verdad una. Los diálogos socráticos no llegan propiamente a una solución : el problema queda abierto para una posterior reflexión como símbolo de que el saber no tiene fin, y a la vez porque sería contradictorio que Sócrates diera el “fin” o la “respuesta” evitando al oyente (lector) su propio pensar sobre el tema.
En cuanto al destino de Sócrates, como puede leerse en la Apología, fue el ser sometido, a los setenta y un años, a un juicio bajo las acusaciones de no creer en los dioses de la ciudad, de introducir dioses nuevos y de corromper a la juventud. A pesar de su brillante autodefensa, obtendría la condena a muerte, siendo su ejecución postergada treinta días por el respeto de una tradición que implicaba esperar el regreso del barco que cada año era enviado a los festejos de Delos. En ese lapso, y a pesar de que sus discípulos habían orquestado su escapatoria sobornando a los guardias de la cárcel, Sócrates permaneció en espera de la cicuta, convencido de que su actitud no era meramente valiente sino justa y correcta, no pudiendo renunciar a los principios por los que había luchado toda su vida. Su vida como ciudadano armonizó así con sus doctrinas y enseñanzas hasta el fin.