Filoateniense
  Marcuse: el hombre unidimensional
 

Herbert Marcuse y El hombre unidimensional

 

Datos de contexto

 

La Escuela de Frankfurt, ha sido un movimiento filosófico y sociológico fundado en 1923 y asociado al llamado Instituto de Investigación Social de la Universidad de Frankfurt. Las opiniones de quienes lo integraron, hombres preocupados por la realidad moderna en que les tocaba vivir, fueron un anticipo de la crisis cultural europea que se desencadenó con la Segunda Guerra Mundial.

Esta sociedad moderna adolece de problemas que merecen urgente solución y para ello se requiere de una transformación de las formas de pensar y actuar tradicionales. La tecnología constituye una de esas enfermedades y no es una solución. La técnica, el consumismo, la ciencia neutral y amoral, el adoctrinamiento ideológico, la lucha por la vida, los medios de comunicación llevan al conformismo y a la despersonalización. Es un reino de cosas, una sociedad unidimensional. “Hay que promover valores, el análisis crítico y racional, las consideraciones estéticas, la recuperación de la autonomía . Esas son las respuestas a nuestro tiempo” decía uno de sus intépretes.

En 1934, el nacionalsocialismo ya en el poder, cerró el Instituto por sus tendencias marxistas y la ascendencia judía de la mayoría de sus miembros, muchos de los cuales se exiliaron, entre ellos Horkheimer, Adorno y Marcuse (Benjamin, rodeado por los nazis en la Francia ocupada, se suicidó con una dosis de morfina).  El Instituto volvió a abrir sus puertas en Nueva York con el nombre de Nueva Escuela de Investigación Social y retornó a Frankfurt a comienzos de la década de 1950 junto con Horkheimer y Adorno.

Herbert Marcuse (1898-1979) se había sumado al círculo en 1933. Fue uno de los principales teóricos de la izquierda radical y crítico del orden establecido, y de la cultura y las costumbres convencionales. Relacionó conceptos de Freud con ideas de Marx. Así, por ejemplo, extendió la noción de represión del campo psicoanalítico al plano social. También realizó una lectura detenida de Hegel y de Heidegger. Muchas de sus  ideas influyeron en los movimientos sociales de la década del 60. Sus principales obras además de El hombre unidimensional son Razón y revolución y Eros y civilización.

 

El hombre unidimensional

 

Las principales obras de Herbert Marcuse se desarrollaron en su período americano (desde 1934 hasta su muerte, cuarenta y cinco años más tarde). Después de 1950 enseñó sucesivamente en las universidades de Columbia, Harvard y Brandeis y en la Universidad de California. En su obra de 1964, El hombre unidimensional, ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada, considera que en el capitalismo existen tendencias que conducen a una sociedad cerrada, “cerrada porque disciplina e integra todas las dimensiones de la existencia, privada o pública”.

 Marcuse critica al hombre “unidimensional” y conformista y el despilfarro de las sociedades desarrolladas, buscando una distribución más justa de los bienes y el trabajo. Este hombre unidimensional  es, entre otras cosas, el hombre dominado por el consumismo y la tecnología, que trata a la vida como objeto. El reino de las cosas se ha sobrepuesto al de las personas y éstas han devenido meras cosas, con las consecuencias naturales de semejante proceso de cosificación. Lo propio de una sociedad uniformizada es un hombre unidimensional. Su pensamiento es unilateral y empobrecedor. La aparente racionalidad contemporánea sofoca la racionalidad plena misma, esto es, la capacidad crítica de la razón. El control social, la rutina, “la necesidad de que así son o deben ser las cosas”, las falsas opciones están a la orden del día en la sociedad alienada y aparentemente racional contemporánea. La abundancia, la libertad y la tolerancia ocultan el conformismo y el invisible control social.

Un punto fundamental en las reflexiones de Marcuse en esta obra es su profunda observación sobre como, en esta sociedad contemporánea, se produce una “asimilación de las fuerzas y de los intereses de oposición (...) y la administración y movilización metódicas de los instintos humanos”. Hay una aterradora armonía entre la libertad y la opresión, la productividad y la destrucción, el crecimiento y la regresión. Todo se disuelve en un híbrido donde no hay diferencia. Los opuestos se neutralizan, lo rebelde se integra. Todo está incluido dentro de lo existente. El progreso técnico, extendido hasta ser un sistema de dominación y coordinación, crea formas de vida y de poder que disuelven las fuerzas opositoras al sistema ; esta contención ”del cambio social es quizás el logro más singular de la sociedad industrial avanzada”. Todo parece consolidar y preservar el statu quo. Uno queda dentro del sistema, se elimina el “afuera” desde donde oponerse. El statu quo digiere prontamente como parte de su dieta todo elemento contradictorio o rebelde. Se absorben todas las alternativas. Todo cambia para que nada cambie. Nos contentamos con poco y nos parece bien. Lo absurdo es racionalizado. La absorción de lo negativo por lo positivo es ratificada en la experiencia diaria que confunde la distinción entre apariencia racional y realidad irracional:

“Paseo por el campo. Todo está como debe ser : la naturaleza en todo su esplendor. Los pájaros, el sol, la hierba, la vista de las montañas a través de los árboles, nadie alrededor, ninguna radio, ni olor  a combustible. Entonces el sendero tuerce y termina en la autopista. Anuncios, estaciones de combustible, moteles. Era sólo una reserva, algo que se conserva como una especie en extinción. Si no fuera por el gobierno, los anuncio, los fast foods y los moteles habrían invadido hace mucho ese fragmento de naturaleza. Le estoy agradecido al gobierno, estamos mucho mejor que antes...”

Considera el filósofo germano-americano que existe una disminución de contrastes o conflictos entre lo dado y lo posible. Hay una aceptación de lo dado, una renuncia a lo ideal. Esta “asimilación de lo ideal con la realidad prueba hasta qué punto  el ideal ha sido rebajado”. Hasta los personajes más extravagantes de la literatura contemporánea se han vuelto parte (rara, marginal sí, pero no imagen de una forma de vida alternativa o negación real) de la sociedad establecida. Todo queda absorbido por el estado de cosas dominante.

Hay “una satisfacción instintiva en el sistema de la no libertad que ayuda al sistema a perpetuarse. La servidumbre es agradable. Estamos precondicionados a aceptar libremente lo que se nos ofrece como supuesta alternativa real.

La democracia consolida la dominación más firmemente que el absolutismo del pasado. La amplitud de la dominación sobre el individuo es mayor que nunca. La tecnología instituye formas de control social más efectivas y agradables que en el pasado (la televisión, por ejemplo).  “¿Puede acaso distinguirse entre los medios de comunicación como instrumentos de información y diversión y como medios de manipulación y adoctrinamiento? “.

Nuestra sociedad muestra relaciones libidinosas con las mercancías y un auténtico fetichismo por lo material. La violación comercial de la naturaleza nos rodea. El despilfarro permanente y la producción y aceptación de los medios de destrucción masiva (las armas nucleares y químicas en particular) se han vuelto parte de una irracionalidad que, paradójicamente, se considera racional. La eficacia y el crecimiento se vuelven valores inmodificables. Los controles sociales invisibles exigen la necesidad de producir y consumir hasta el despilfarro lo producido, el trabajo excede lo necesario, los modos de descanso alivian y prolongan el embrutecimiento. Lo superfluo es necesidad y la destrucción es construcción. Los objetos llevan consigo hábitos y actitudes prescritas, ciertas reacciones emocionales e intelectuales, los productos manipulan  y adoctrinan.  Las cosas plantean, más que opresión, un ritmo de vida : hay una mecanización de las vidas humanas.

La institucionalización de derechos e ideales del pasado (libertad de pensamiento y de palabra, por ejemplo) termina anulandolos disimuladamente. Esas ideas, críticas en su momento a una realidad que no las respetaba (imaginemos el siglo XIII o bien el XIX), se hallan ahora incorporadas al sistema. Sólo hay alternativas dentro de él.  La “disconformidad con el sistema aparece como socialmente inútil”, estéril, carente de ventajas económicas directas.

El discurso también se cierra y se empobrece. Las palabras se vuelven clichés e impiden así el desarrollo genuino del significado. Las frases se vuelven fórmulas hipnóticas. Se reúnen términos contradictorios y se standarizan neutralizando toda oposición, crítica o paradoja (ejemplos de esto son -los aceptados sin más pero absurdos- mensajes gubernamentales o publicitarios en la guerra fría: “bomba atómica limpia”, “refugio atómico de lujo con todas las comodidades”). Las proposiciones toman la forma de sugestivas órdenes. Hay más evocación de imágenes fijas que demostración (nuevamente la publicidad es un buen ejemplo). La comunicación se vuelve funcional, no pide conceptualización o reflexión. Se asemeja la expresión verbal a la realidad material inmediata y se la vacía así de toda tensión crítica por oposición. Las palabras son las cosas y nada más. Se “horizontaliza” el lenguaje.

Critica Marcuse a los neopositivistas lógicos y a la filosofía analítica anglosajona (véase el capítulo correspondiente a Wittgenstein) que se proponen un análisis del lenguaje, limitándolo a su uso común, cotidiano. Se quita a la filosofía su carácter crítico y trascendente de la realidad inmediata, reduciéndola a mera terapia del lenguaje. Justifican intelectualmente el universo establecido, su intento de terapia lingüística es una aceptación de las cosas tal cual son. Cuando Wittgenstein dice en sus Investigaciones filosóficas : “debemos limitarnos a los temas de nuestro pensamiento cotidiano y no desviarnos e imaginar que tenemos que describir sutilezas extremas”, observamos la increíble renuncia del pensamiento a la propia actividad de pensar. ¿Qué queda entonces de la filosofía, del pensamiento, de la inteligencia? reflexiona Marcuse. Estamos ante una ideología que se propone describir lo que pasa pero no entenderlo. El mundo experimentado es el resultado de una experiencia muy restringida, limitada, empobrecida. Nada más terrible que “dejar todo como es”,  que pensar  que “todo es lo que es y no otra cosa”.

Los valores estéticos, la belleza, el descanso, la armonía, en tanto implican sensibilidad y receptividad, negación de los valores dominantes, son dejados de lado por una civilización práctica y técnica. Se hace necesaria una teoría crítica de esta situación de hecho. El pensamiento crítico lucha por definir el carácter irracional de la racionalidad establecida. Mas, se pregunta Marcuse, “¿cómo pueden hombres que han sido objeto de una dominación efectiva y productiva crear por sí mismos las condiciones de la libertad ?”

 

Las palabras entrecomilladas corresponden a:

Marcuse, Herbert, El hombre unidimensional, Hyspamerica, Buenos Aires, 1984.

 
   
 
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